México, cómo duele
La matanza en Tamaulipas, duele hondo, no sólo por las muertes de compatriotas y otros tantos centroamericanos y latinoamericanos, también porque un país tan lindo como México se desangra por la lucha que libran sus autoridades contra el narcotráfico y el crimen organizado que parece haber adquirido carta de ciudadanía en muchos de los Estados federados, algunos de los cuales son un paso obligado en la ruta del migrante de Sur a Norteamérica, en particular los Estados Unidos.
México es también por ahora el país considerado como de mayor riesgo para ejercer el periodismo, ante el secuestro, asesinatos, amenazas, bombas y cualquier tipo de intimidaciones que es objeto la prensa y sus periodistas en general, sin distinguir entre medios de comunicación fácticos y no fácticos.
La persecución de las mafias del narcotráfico contra la prensa es de tal magnitud que la autocensura impera en muchas regiones mexicanas y de la gran prensa en la ciudad, según los relatos de los propios periodistas y expertos conocedores de la materia. Hay zonas en México en donde las salas de redacción debaten diariamente no qué se va cubrir como noticia, sino todo lo contrario, porque el “narco” no amaga.
Todo indica que la presencia del crimen organizado y del narcotráfico en algunas zonas fallidas de ese país, es tan violenta y ha evolucionado tanto que amenaza con romper los imaginarios colectivos que uno podría tener acerca de la guerra antidrogas en Colombia, o la forma de operación de la mafia siciliana en Italia o los grupos de terror que operan en la desaparecida Unión Soviética, por citar unos tantos.
La matanza de Tamaulipas, a donde la cancillería hondureña sugirió no enviar prensa hondureña porque nadie podía garantizar la vida de los periodistas, refleja no solo la saña de un frío grupo delincuencial, formado y entrenado militarmente como un cuerpo elite como “Los Zetas”, también que se está frente a un cuerpo paralelo al Estado fuerte, demasiado fuerte.
El grado de inseguridad en la zona donde se produjo la masacre, obligó incluso a las autoridades hondureña a apoyar la salida de ese sector de una periodista y un fotógrafo del diario La Prensa, de San Pedro Sula, justo cuando estaballan bombas en Reynoso, hacia donde han sido trasladados los cuerpos de los emigrantes para culminar los trabajos de investigación, identificación y entrega. Horas antes, el fiscal que conocía del caso y otra alta autoridad policial habían sido asesinados.
Por la historia indígena, por la cultura, por la riqueza de sus pueblos, por sus mañas y semejanzas políticas, México está muy ligado a América Central. Siempre se ha creído en los pueblos del istmo que los mexicanos son “el hermano mayor” de Centroamérica, y hoy ese hermano es el depositario de muerte y dolor si de términos migratorios se trata. Cómo duele eso.
Ningún país quiere estar en el pellejo de México, a raíz de esa matanza en donde hubo alguien que vivió para contarlo. Pero al margen de los cuestionamientos que se puedan hacer a las autoridades mexicanas por el trato que dan a los migrantes; llegó el momento también de ver con otros ojos ese país para ayudarle y evitar que esa pandemia del crimen toque nuestras “tierra adentro” centroamericanas.
La inseguridad que asola a los países centroamericanos, en especial al llamado “triángulo norte” que conforman Guatemala, El Salvador y Honduras, reviste de importancia a medida que se mueven en México las piezas del ajedrez en materia antidrogas. Las mafias mexicanas, según expertos, requieren de espacios y zonas de descanso, de ahí que Centroamérica no escape a sus intereses.
Habrá que diseñar mecanismos de cerrar filas al avance del narcotráfico, que en algunos rincones de Honduras tiene también amplio dominio de territorios, a vista y paciencia de la autoridad. Depurar a la autoridad y a los políticos sería un buen principio de ese ejercicio frente al crimen, porque mientras existan policías pícaros y corruptos junto a políticos avorazados y sin escrúpulos, gente como “Los Zetas” surgirán y crecerán en la región ante la impotencia ciudadana que ve como su derecho a vivir cada día es más cercado y arrebatado.
Llegó el momento de pensar a fondo; llegó el momento de ingeniar mecanismos para que los nuestros no vayan a una muerte casi segura en la frontera que divide a México de Estados Unidos; llegó el momento también de impulsar políticas migratorias justas y no de limpieza a favor de quienes son aliados de “conveniencia” pero no permanente ni solidarios.
De ahí que México duela, porque es un pueblo muy noble que le ha tendido la mano a Honduras cuando ésta lo ha requerido. Hoy como Honduras, México también llora sus muertos y nuestros muertos. Pero no basta con llorar, hay que hacer algo más para que esas muertes no queden en frías cifras y datos estadísticos de una tragedia humana que nadie quiere recordar. Todos debemos demandar justicia, castigo y no más impunidad frente a estos crímenes de horror.





